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Sunday, March 29, 2026
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Cuba, crónica de una muerte repetidamente anunciada

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Para muchos -o, mejor dicho, para casi todos- el problema ya no es el “si”, sino el “cuando”. Con la proclamada y casi universal convicción de que, sin embargo, este “cuando” ya está a la vuelta de la esquina. Cuestión de días, tal vez semanas. O, en el peor de los casos, un puñado de meses. Sesenta y siete años después de la entrada triunfal de los “barbudos” en La Habana, la revolución castrista ha llegado finalmente a su fin. Y, por supuesto, no verá el amanecer de 2027.

Este es, en estos días, el estribillo de la canción -una canción a la que sólo le falta la última estrofa- cuyas notas van creciendo resonando, con pocas y muy débiles excepciones, en todo el universo mediático. Cuba está agotada. Cuba está en un callejón sin salida. Cuba es una fortaleza sitiada con dos destinos posibles: negociar, sin poder de cambio alguno, los términos de su rendición o morir de hambre. Todo claro. Todo escrito. Todo, excepto el último capítulo, el cierre del círculo, la clásica luz al final del túnel que, con tanta claridad declarada, en este momento no es más que un punto oscuro. Impenetrablmente oscuro.

Las premisas de esta muerte anunciada (pero aún no consumada) son más que conocidas. Desde que, secuestrado militarmente el presidente Nicolás Maduro, los Estados Unidos se pusieron, en petrolera armonía con lo que queda del antiguo gobierno chavista, en pleno (aunque “remoto”) control de Venezuela- “We’re running Venezuela”, nosotros gobernamos Venezuela, les encanta repetir a Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio – todo suministro de petróleo venezolano a Cuba se ha interrumpido. Cuba está en la oscuridad. Y en la oscuridad está destinada a quedarse porque Donald Trump, en los últimos días, apretó aún más el cordón alrededor del cuello del moribundo, movilizando sus cañoneras en el Caribe y agitando su mazo favorito -el de un fuerte augmento de los aranceles – frente a cualquier otro Estado  (México en primera fila) se atreva a enviar a La Habana recursos energéticos de cualquier tipo.

La técnica utilizada es la antigua del golpe de gracia.

La técnica utilizada es la antigua del golpe de gracia. Infligido, en este caso, no con la  clásica bala en la nuca, sino por asfixia. Y es cierto que respirar se vuelve día a día más difícil, o casi imposible, en Cuba.

Apenas ayer el gobierno comunicó a las compañías aéreas que ya no están en condiciones de reabastecer de combustible a los jets que aterrizan en cualquiera de los aeropuertos de la isla. El turismo -desde hace años, la principal fuente de ingresos del país- está paralizado. Unos pocos miles de almas perdidas que -según cálculos oficiosos, pero más que creíbles- ahora se han concentrado estratégicamente en sólo cuatro hoteles, los únicos que todavía pueden ofrecer servicios a un nivel aceptable. Las calles de La Habana parecen desiertas. Los hospitales – joyas de un sistema de salud que alguna vez fue orgullosamente ostentado como uno de los grandes éxitos de la revolución- funcionan al mínimo, como casi todos los servicios públicos. Y este mínimo va, de hora en hora, acercándose peligrosamente a cero.

Cuba aparece, en estas horas, inmersa en una calma surreal. La clásica calma, según muchos, que precede a la tormenta. O, más probablemente, la que lentamente marca los tiempos de una resignada espera de lo peor. Plazas vacías, ninguna protesta. Silencio y colas (silenciosas colas) en un país que, desde hace décadas, en cola ha ido consumando gran parte de su cotidianeidad. Y es con aparente calma que a este asedio ha respondido hasta ahora también el gobierno de Miguel Díaz-Canel, pálido heredero del carisma de la dinastía castrista.

Lo ha hecho, Díaz-Canel, anunciando drásticas contramedidas económicas que, frente a la enormidad de la crisis, en realidad no parecen más que paliativos, o coartadas preventivas, ante una catástrofe preanunciada. Reducción del horario laboral y escolar. El transporte público bloqueado. Todas iniciativas que, en efecto, parecen ser tan solo el implícito – pero clarísimo – preludio de una muy próxima economía de pura subsistencia. Pronto -dijo Díaz-Canel- será necesario satisfacer las necesidades alimentarias de la población utilizando lo que se produce localmente”.

Y lo ha hecho, el presidente de la República de Cuba, volviendo a insistir en lo que -hoy por muchos medios de comunicación presentan como la “inédita” premisa de una rendición sin condiciones- Cuba prácticamente siempre le está diciendo al “poderoso vecino del norte” que la asedia. Es decir, subrayando como -contrariamente a lo que Trump afirma para justificar su política de asfixia económica terminal- Cuba no represente ninguna amenaza “terrorista” para la seguridad de los EE.UU. Y como, por el contrario, esté dispuesta, sobre bases igualitarias, de respeto mutuo y no interferencia, a iniciar un diálogo sobre todos los temas de interés mutuo. Lucha contra el terrorismo y el tráfico de drogas, delincuencia financiera internacional, inmigración, seguridad…

Mejor suspender -hasta nuevo orden- la redacción de obituarios de cualquier tipo

Palabras que, si superficialmente juzgadas, resuenan en contraste anodino con la desesperada realidad del paisaje. Y que -como parece creer la casi totalidad de los analistas- tal vez no sean realmente, en las proximidades de la muerte por hambre, que un primer paso inercial hacia una caída ya inevitable. Todo puede ser. Todo es “quizás” en esta Cuba que, con la garrota de Trump alrededor del cuello, está caminando hacia el abismo.

Y, sin embargo, una cosa es segura: en su aparente serenidad, esas palabras evocan al menos un par de verdades históricas. Invitan a aplazar -o al menos suspender hasta nuevo orden- la redacción de obituarios de cualquier tipo.

La primera verdad es, por supuesto, esta: no es la primera vez (ni la segunda, ni la tercera vez) que se dice que la revolución cubana està punto de morirse. El estado de sitio -con el anuncio correlativo de una muerte inminente- ha sido, desde los primeros vagidos del castrismo, parte integrante, imprescindible de una historia que, hoy acabada en el callejón sin salida documentado por las crónicas, ha regalado a Cuba dignidad y miseria, libertad y opresión, gloria y vergüenza. Es imposible entender la historia del castrismo (y su deriva soviético-totalitaria) separándola de la del “embargo”, una prepotencia que, ya obsoleta y ridícula, sigue siendo igualmente la feroz expresión de una voluntad imperial de revancha.

Ciertamente no fue “solo” por el embargo que, contra sus propias premisas (lea, a este respecto, el célebre “La Historia me absolverá”, el discurso pronunciado por Castro en su defensa durante el juicio por el ataque al Cuartel Moncada, en julio de 1953), el castrismo se convirtió en una dictadura. Pero es cierto que la dictadura y el embargo son desde siempre -uno como alimento del otro, causa y al mismo tiempo efecto- partes inseparables de una misma historia. Y de una historia que, por el lado cubano, ha sido -y sigue siendo- sobre todo una historia de supervivencia.

Después de todo, la revolución cubana se había dado por muerta ya a principios de 1961, cuando, después de las primeras reformas y expropiaciones del nuevo gobierno, todos  daban por sentado que los Estados Unidos iban pronto a invadir el país (directamente o por procuración). Invasión que en efecto fue (abril de 1961, Bahía Cochinos), pero sólo para ser derrotada en lo que, a pesar de todo, sigue siendo un hito en la historia del antiimperialismo latinoamericano.

Y Cuba fue de nuevo dada próxima a la sepultura al final de 1962 cuando, en respuesta a esa derrota -y, más aún, a la famosa “crisis de los misiles” que, en octubre de ese año, había llevado al mundo al borde de una guerra atómica- John Fitzgerald Kennedy emitió la “Proclamación 3447” que del embargo fue, en efecto, el acta de nacimiento. Y que fue también, en parte sustancial, el momento final de la consolidación de la “sovietización” de la revolución.

Moribunda, aún más, “moribundísima”, la revolución cubana —ya transformada en un régimen empeñado solo en reproducirse a sí misma— había sido llamada a principios de los años noventa, con la disolución de la Unión Soviética y de lo que hasta entonces había sido, en gran medida en términos asistenciales, su sistema económico de referencia. Un shock que, entre 1992 y 1995, había provocado una caída del 50 por ciento del PIB. Y que también había sido la causa principal, en 1994, de una serie de protestas populares (sobre todoel famoso “maleconazo” en agosto) y de una (favorecida por el poder) ola migratoria masiva en barcos de fortuna. La supervivencia asumió, en aquella ocasión, un nombre que se convirtió en el “títular” de una forma extrema de austeridad, que luego – a confirmación de la intrínseca contradicción de la vida en aquel de Cuba – se volvió en un permanente modo de vida: “Período Especial en tiempo de paz”. Así lo bautizó Fidel Castro. Ese período ha durado, entre altos y bajos, hasta hoy. Especial y, al mismo tiempo, absolutamente, desesperadamente normal. Normal como la vida cotidiana. Normal como la represión sistemática de toda forma de disenso.

El arte de sobrevivir

Es a través de esta normalidad desesperada que Cuba ha enfrentado, sobreviviendo, otro momento de “muerte anunciada”. Ocurrió entre 2006 y 2008, cuando —primero por una enfermedad grave y luego por un forzado pasaje al “plan pijama”, el plan pijama, como en la jerga popular se llama sarcásticamente la jubilación de los ejecutivos de alto rango— Fidel Castro abandonó el bastón de un mando que había sido, hasta entonces, absoluto, indiscutible e incontestable. Sacramente incontestable. Al punto de que, hasta entonces, todos los “nuevos líderes” que  —como Ícaro con el Sol— se habían acercado demasiado a su trono habían terminado quemados y derribados.

Cuba, explicaron entonces los analistas más perspicaces, sobrevivió a la falta de renovación generacional y a la ausencia (apenas mitigada por periódicas y bastante erraticas “reflexiones” publicadas por el Granma) de su gran y hierático líder, por una sencilla razón. Porque, más allá del carisma de su fundador- la Revolución (o lo que quedaba de la revolución) se sostenía sobre tres pilares que, aunque alimentados por este carisma, gozaban de una vida y de una fuerza propia: el partido comunista, es decir, la que aún hoy, a pesar de la reforma “liberal” del año 2019, la Constitución define como “una fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”; las fuerzas armadas, con todos los instrumentos relacionados – policía, servicios secretos – de represión. Y, por último, el aparato de control-consenso (los Comités de Defensa de la Revolución, los sindicatos, las diversas asociaciones profesionales) que durante décadas han representado a la sociedad civil cubana (o que, como muchos argumentan, han impedido el desarrollo de una sociedad civil verdadera y libre).

Y precisamente esto, frente al “golpe de gracia” en curso de trabajo, es la verdadera pregunta hoy. ¿Están todavía en pie estos tres pilares? Muchos parecen estar convencidos que no. Y que precisamente en esta disolución ya consumada se encuentre, en estas horas, la naturaleza terminal de la crisis. La caída – continúa repitiendo el refrain de los medios al que se aludía al principio del artículo – es inevitable en este punto.

Caída ¿por qué vías? ¿Y en dirección de qué? Aquí todo se convierte en tinieblas. El futuro de Cuba es, hoy, un enorme punto de interrogación. Pero del pasado siguen brotando, inequívocamente, verdades antiguas que, si no ofrecen una respuesta definitiva sobre lo que será, son indispensables para entender lo que fue y lo que sigue siendo.

En primer lugar, para los Estados Unidos de América, Cuba nunca ha sido un país como cualquier otro. Ha sido, por el contrario, desde los días de la Declaración de Independencia, la verdadera y más inmediata unidad de medida de sus ambiciones imperialistas de potencia continental en ascenso. Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y John Adams ya habían argumentado que la anexión de Cuba era una posibilidad o, más bien, un hecho “inevitable”. De hecho, fue en Cuba que, a comienzos del siglo XX, el imperialismo estadounidense conoció su verdadero bautismo cuando – en una simulación de ayuda militar a la insurrección antiespañola – robó la victoria que. al final de una sangrienta lucha de más de treinta años, los patriotas cubanos ya tenían lograda.

Cuba quería ser una nación libre e independiente. Se convirtió en cambio, gracias a esa intervención “generosa”, en un clásico protectorado en cuya constitución “democrática”, un artículo – la tristemente célebre “enmienda Platt”- reservaba a los EE.UU. un derecho absoluto de intervenir, política o militar, según las circunstancias, en los asuntos internos de la nueva nación. Y es en este protectorado que, como en un laboratorio, Estados Unidos ha experimentado desde entonces, una tras otra, todas las posibles variantes de la práctica imperialista. Intervenciones armadas, ocupaciones militares, “nation building” y “regime change”, imposición constitucional y nombramientos de presidentes-marionetas, organización de formaciones para-militares, penetración y dominio económico (en el ’59 más de la mitad de la economía cubana estaba en manos de corporaciones estadounidenses), sometimiento cultural, imposición, en forma de diplomacia-capestro, de tratados permanentes (véase la todavía activa base militar de Guantánamo). Y luego, después del ’59, sanciones comerciales, operaciones clandestinas, terrorismo, propaganda radiofónica, intentos de asesinato (varias decenas los documentadas en perjuicio de Fidel Castro)…

Habra un Delcy Rodriguez cubano?

Hoy, a partir de lo que ha sucedido – y sigue sucediendo – en Venezuela, muchos se preguntan quién, frente a la inminente e inevitable caída del régimen, puede ser el, o la, Delcy Rodríguez de la situación. Es decir, ¿cuál de los representantes del régimen actual puede convertirse en el “hombre nuevo”? No, obviamente en el sentido que, en los años heroicos, Che Guevara atribuía al término, pero en el de garante de una transición en la dirección impuesta por quien, mientras Cuba está con la cuerda al cuello, manipula la palanca del capestro.

Y se hacen también – sobre bases que parecen en verdad bastante frágiles y vagas – un par de nombres. El de Alejando Castro Espín, hijo de Raúl, ascendido hace años al cargo de responsable de la inteligencia cubana, y más tarde misteriosamente desvanecido. Para luego aún más misteriosamente reaparecer, justo en estos días, al lado del presidente Díaz-Canel. Y, además, el de Oscar Pérez Oliva Fraga -también parte de la antigua familia real, siendo nieto de Angela Castro la mayor de las hermanas de Fidel y Raúl-, actual ministro de Comercio Exterior y gestor de GAESA, la poderosa empresa turística propiedad de las Fuerzas Armadas. Detalle, esto, que ha llevado a especular -recordando las macabras fantasías trumpianas sobre la Riviera de Gaza – posibles acuerdos para la proliferación de Trump Luxury Beach Resorts a lo largo de las playas blancas del Caribe Cubano.

Estupidezes? Ya se verá. Hay dos cosas, sin embargo, para sobrayar. La primera: Cuba no es Venezuela. Y, más allá de las fantasías sobre los Trump Beach Resorts, no tiene nada -petróleo u otros valores – que pueda saciar, en una lógica de do ut des, los apetitos del dragón imperial. Nada, por supuesto, excepto su propia muerte por asfixia. Y esto es precisamente lo que, en un comunicado muy reciente, han subrayado con fuerza los obispos cubanos. Nada bueno, nada humano -escribieron en esencia- puede surgir de una política basada en el chantaje y en el aumento del sufrimiento del pueblo. La crueldad no paga.

La segunda: si de verdad, como casi todos pronostican, se cerrara definitivamente la experiencia de la revolución cubana, no habría, más allá del final de la línea, ninguna “liberación”. Porque lo que hoy flota en el aire no es el aroma de una democracia recuperada, sino el fetor del colonialismo más clásico y podrido La caída definitiva del castrismo trae consigo, no la reafirmación de una identidad nacional cubana sino, como ya entre 1898 y 1902, su colonial destrucción. Un buen motivo de reflexión para quienes, en la derecha, atribuyen a la identidad nacional un valor ineludible.

Esto es lo que nos dice la Historia. Y, sin posibilidad de equívocos, esto es lo que confirma la crónica. Basta con escuchar los reportajes desde Minneapolis o, mejor aún, leer lo que el mismo Donald Trump afirma en los documentos, que tienen apenas un par de meses de antigüedad, y que definen su nueva “Estrategia para la Seguridad Nacional”. O la que fue rápidamente rebautizada como “Doctrina Donroe”. “Don” como Donald y «Roe» como James Monroe, quinto presidente de los Estados Unidos que teorizó por primera vez en 1823 los derechos hegemónicos de los Estados Unidos sobre todo el continente americano.

Lo que está estrangulando a Cuba no es un Estados Unidos “exportador de democracia” (con todas las ambigüedades y horrores que este término ha arrastrado históricamente). Es, por el contrario, un Estados Unidos que, después de un cuarto de milenio, la democracia la va destruyendo sistemáticamente en su propia casa y en todo lo que se llama “Occidente”.

 Sea lo que sea lo que uno piense de la revolución castrista – sus éxitos o fracasos, su verdadera naturaleza, sus méritos, sus crímenes o sus traiciones – su muerte representa hoy, por los tiempos y las formas de su llegada, una derrota para todos los que todavía creen en los derechos de los pueblos. Vale más que nunca la pena -no por nostalgia o fe, sino por necesidad democrática, y no sólo en la izquierda- volver a gritar hoy, como en los buenos tiempos: Cuba sí, yanquis no.

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