Un año y un cuarto de milenio. El año es aquel que, justo ayer, ha transcurrido desde el día en que, en la Rotonda de Capitol Hill, Donald J. Trump, ya 45o y ahora 47o presidente de los Estados Unidos de América, pronunció su segundo discurso inaugural. Y el cuarto de milenio es lo que, en este 2026, define la ya venerada edad de los Estados Unidos de América. Más exactamente, marca los 250 años que nos separan de la frase – aquella que abre la Declaración de Independencia – que, a pesar de la sombra de una economía en parte vital sostenida por la “peculiar institución” de la esclavitud, proclamó la igualdad de todos los hombres creados por Dios y su “derecho inalienable” a la vida, a la libertad y a la “búsqueda de la felicidad”.
Inevitable pregunta: ¿en qué estado de salud están hoy América y el mundo acogiendo este doble aniversario? Y esta, reducida al hueso de dos solos nombres, podría ser la respuesta :Groenlandia e Renee Godd. Groenlandia, por supuesto, como la gigantesca isla ártica, desde hace 300 años parte semi-autónoma de Dinamarca, que Donald Trump – “será nuestra con las buenas o con las malas” – va reclamando con amenazas y palabras que, en varios momentos, absoluta claridad (véase la carta de Trump enviada hace tres días al primer ministro noruego Jonas Gahr Støre) revelan elementos de demencia senil. Y Renee Good, como se llamaba la madre de 37 años que, hace solo unos días, en Minneapolis, fue primero asesinada a sangre fría por uno de los matones del ICE y luego definida por Trump, en descarado contraste con toda evidencia, una “terrorista doméstica”.

Hace un año, inmediatamente después de la ceremonia inaugural, muchos (y entre ellos StrisciaRossa, que citamos a continuación) habían subrayado cómo el discurso enredado pero extremadamente agresivo de Donald Trump había “cerrado el círculo” de una revolución – la estadounidense, precisamente – que, empezada hace un cuarto de mileniocon una insurrección contra un ‘rey loco’, en manos de un nuevo rey loco, democráticamente elegido, ha ahora, cursos y recursos de la Historia, terminado su parábola histórica”.
El primer “rey loco” fue, por supuesto, George III, Su Majestad Británica, cuyas maldades la Declaración de la Independencia, obra maestra político-literaria de Thomas Jefferson, va enumerando meticulosamente. Los mejores textos de Historia puntualmente nos cuentan cómo, en realidad, el rey Jorge loco no era para nada. Mejor dicho, como no lo era antes de aquel fatídico 1776 (su locura, históricamente documentada, se ha manifestado por primera vez, al parecer debido a una forma de bipolarismo que en aquellos tiempos se llamaba “porphyria”, en 1783, cuando la separación entre las 13 colonias americanas y la Madre Patria ya se había consumado). Y cierto es que, para nada loco (o, al menos, todavía no loco), George III tampoco era – en una Gran Bretaña ya transfigurada por la “Glorious Revolution” de 1688 y por el consiguiente “Bill of Rights” – un soberano absoluto. Si a él y solo a él – y en forma extremadamente personalizada – Thomas Jefferson atribuyó las razones de la ruptura, fue sobre todo, explican los historiadores, para subrayar concretamente, siendo el un convencido iluminista, la superioridad de la forma de gobierno republicana y de las virtudes republicanas por el decantada en todos sus escritos.
La “asombrosa normalidad” de Donald Trump
El segundo “rey loco” – un rey que, en sus intenciones y comportamientos, no podría ser más absoluto – es, por supuesto, Donald J. Trump. Y para medir su locura, ya transfigurada en una especie de “asombrosa normalidad” – asombrosa porque siempre logra, cuando parece haber tocado fondo, superar a sí misma; y, al mismo tiempo, “normal” porque se ha convertido, en su continuo superarse, en una especie de rutina fatalmente aceptada – basta hacer, con un pequeño esfuerzo de fantasía, un salto hacia atrás de, digamos, veinte años. Más específicamente: tratando de imaginar – tomando como base de referencia la tradicional reunión de Davos, teatro, justo ayer, de la última actuación pública de Donald Trump – lo que pasaría si, en aquel entonces, el presidente de los Estados Unidos se hubiese presentado en la encantadora ciudad suiza pronunciando un discurso similar a lo que Trump regaló ayer a los jefes de estado y a los grandes empresarios presentes en la sala.
El presidente era, en 2006, otro republicano: George W. Bush (sí, el de la invasión de Irak y la “guerra infinita”). Y de una cosa – a pesar de todo el mal que hay que decir de él y de los republicanos del tiempo – se puede estar absolutamente seguros. Si Bush hubiera tenido que pedir como un acto debido, en el de Davos o en otro lugar, la entrega, “por las buenas o por las malas”, de Groenlandia, el mismo día se habría disparado, por iniciativa de su propio partido y de los mismos miembros de su gobierno, la famosa 25a enmienda de la Constitución, lo que perentoriamente afirma que “en cualquier momento, los Estados Unidos” deben tener un presidente y un vicepresidente que funcionen”. Y cómo, en el caso de que así no sea – es decir, en el caso de que el presidente ya no fuera mental o físicamente capaz de “cumplir con los deberes de su cargo” – por el bien de la Nación, sería permitido a los demás miembros del poder ejecutivo, o al Congreso, destituirlo temporalmente, reemplazándolo con alguien cuerdo y físicamente capaz.

Otros tiempos. Hace dos días, en Davos – antes del “backfront” con el que anunció una “hipótesis de acuerdo con la Nato – el “rey loco” Donald Trump pudo tranquilamente, aplaudido por los miembros de su gobierno, reclamar la “propiedad” de Groenlandia sobre la base de una reconstrucción histórica absolutamente ridícula. Con la adición – en un “discurso-minestrone” de más de una hora – de una larga serie de auto-exaltantes y ya varias veces repetidas tonterías. De las “ocho guerras” por él terminadas y escandalosamente ignoradas por los “noruegos” a cargo del Premio Nobel para la Paz, a la disminución del 97% en el tráfico de drogas lograda gracias a sus ataques – con crímenes de guerra adjuntos – a una serie de lanchas en el Caribe y el Pacífico, al gigantesco déficit de Estados Unidos, causado, según él, principalmente por las estafas montadas, en detrimento de los sistemas de bienestar del estado, por la comunidad somalí de Minnesota (comunidad formada, ha tenido que subrayar Trump desenterrando las más desgastadas banalidades del racismo más clásico, por gente de “inteligencia inferior”), a China que, según él, exporta en todo el mundo, pero no utiliza en su territorio los – odiados visceralmente por Trump – molinos de viento (China tiene, en realidad, la mayor superestructura de energía eólica del planeta). El todo coronado – en testimonio de un poder absoluto hasta el punto de doblegar incluso las reglas de la más elemental aritmética – por la reiteración de lo que el presidente USA considera, obviamente mintiendo, uno de sus mayores éxitos: la disminución del “500, 600, 700 e incluso 800 por ciento” del precio de los medicamentos en Estados Unidos.
Estupidez y violencia
Tiene que ver, porque de esta locura, peligrosa y ridícula en todas sus partes, muestra sin filtros el lado más infame, más inhumano. Y porque vuelve a demostrar, con macabra nitidez, una antigua verdad: cómo la violencia y la estupidez son, desde siempre, parientes cercanos. Y cómo ambos entran, en todos lugares, en simbiosis natural con el poder absoluto (o con lo que, como en el caso de Trump, pretende ser tal)
Los hechos son conocidos. Renee Good, fue asesinada con tres disparos en su coche en el barrio donde vivía, a un tiro de piedra de su casa, poco después de dejar a su hijo de tres años en la guardería cercana. Y tanto la responsable del Department of Homeland Security, Kristi Noem (sí, de nuevo ella, la que mató a tiros al cachorro de espinón que le había arruinado, por indisciplina, una cacería), como el mismo presidente Trump, se apresuraron a definir su asesinato, un acto de legítima defensa frente a un “episodio de terrorismo doméstico”. Simplemente: Renee Good había “intencionadamente y perversamente” (Trump dixit) intentado atropellar a un agente de ICE empeñado en una operación contra la inmigración. Agente que luego – debido a las heridas sufridas en la inversión – había sido hospitalizado en condiciones graves. Si el agente – un “héroe”, según la Noem – había disparado era porque, mors tu vida mea, la “terrorista” Renee Good no le dejó otra opción.

Todos los videos disponibles – videos que tanto Noem como Trump afirmaban haber examinado cuidadosamente – en realidad demostraban exactamente lo contrario. Y lo contrario siguen demostrando cada vez más, día tras día, mientras son examinados en todos lo detalles, no solo por los expertos en la materia, sino por cualquiera que no sea ciego (o cegado por su fanatismo). Rodeada de hombres enmascarados y armados, Renee simplemente quería alejarse. Y en ningún momento sus movimientos han puesto en peligro la vida de cualquier agente. Todo claro, todo inequívoco. Si se tratara de una pieza musical, esta larga secuencia de videoclips sería una sinfonía con una sola nota. Seguramente aburrida, pero absolutamente solar en su evidencia.
Y precisamente este es el lado más singular de la historia: a enriquecer con las palabras adecuadas – las palabras que, combinadas con imágenes, convierten una canción en una historia – ha provisto precisamente el gobierno de Donald Trump, difundiendo on line, a través de medios afines, lo que debía ser la prueba probada, oficialmente definitiva, del acto de “terrorismo” cometido por Renee. Se trata de las imágenes tomadas, vía celular, por el mismo agente que le había disparado.
¿Qué demostraban (y demuestran) esas imágenes? Absolutamente nada. O, mejor: absolutamente todo, en el sentido de que en ninguna parte desmienten lo que, con inequívoca claridad, se podía ver en todos los demás vídeos. Con la particularidad, sin embargo, de añadir, precisamente, palabras a una música conocida, regalando a la historia, con dos compases – dos destellos en la oscuridad, en efecto – un comienzo y un epílogo. El comienzo es aquel que muestra el interior de un típico coche terrorista listo para arrollar la multitud, como en Niza en julio de 2016 o en Barcelona en agosto de 2017. Un perro asustado agachado en el asiento trasero, un osito de peluche – supuestamente un juguete del hijo – que sobresalía de la guantera. Y una mujer sonriente (Renee) que desde la ventana abierta decía a los hombres enmascarados que rodean el coche: “It’s fine, dude, I’m not mad at you.”. Bien, amigo, no estoy enojado contigo. Luego el epílogo: tres (tal vez cuatro) explosiones y una voz – la del agente que disparó, la misma que en otras imágenes aparecerá mientras camina en perfecto estado de salud – que grita: “Fucking bitch” (al lector la tarea de traducir adecuadamente en español lo que, en inglés, es el más vulgar de los insultos a una mujer).

La historia es, en su más profunda, esencial verdad, toda aquí: contada, palabras y música, gracias al vídeo que, a prueba de la estupidez que tan felizmente se une con la violencia, el mismo gobierno ha puesto en circulación. Esto demuestra una verdad – la suya, la única aceptable – que aún hoy Trump sigue repitiendo sin miedo. Y que, en realidad, no es más que una forma absoluta de mentira. Absoluta porque, en su obviedad, no puede ser contrarrestada (¿cómo se puede demostrar lo contrario a quien, negando lo que ven sus propios ojos, afirma que el blanco es negro y que el negro es blanco?). Y absoluta, sobre todo, porque está garantizada por un poder que se considera absoluto. Y que, en su absolutez tiene, precisamente, la facultad de transformar el negro en blanco y el blanco en negro. Miento porque tengo el poder para hacerlo. Y eso tiene que ser suficiente para ti.
Y en caso de que no fuera suficiente, ese mismo poder puede hacer aún peor. Mucho peor. Hace solo unos días, durante una entrevista en CNN, uno de los presentadores de la red, Jack Tapper, le preguntó a Kristi Noem si el “fucking bitch” que se escucha en el video pertenece a uno de los agentes del ICE. Y esta – acompañada por una sonrisa que, de hecho, es la fotografía de su alma y la de toda la Administración Trump – fue la respuesta de la responsable del DHS: “Probablemente sí”. Como decir: y está bien así. Este gobierno no solo reivindica el derecho a matar, sino también el de escupir sobre los cadáveres de quien mata.
Eso no es sorprendente. Hace solo unos meses, el mismo Trump había – al anunciar un próximo envío de tropas anti-inmigración a la ciudad de Chicago – difundido en TruthSocial un meme de sí mismo, donde, sobre el fondo de una escena de guerra (helicópteros en vuelo, fuego y llamas), se mostraba en el papel de uno de los personajes de “Apocalypse Now”, la película de Francis Ford Coppola, que, reeditando el “Corazón de tinieblas” de Joseph Konrad, fue (y sigue siendo) una gran metáfora de la guerra en Vietnam y, de hecho, de cada guerra.

El personaje es el coronel Kilgore, en la película magistralmente interpretada por Robert Duval. Y no hay posibilidad de malentendidos. En la ópera de Coppola, Kilgore es un criminal de guerra, cuya frase más famosa -“I love the smell of napalm in the morning”. Me encanta el olor del napalm por la mañana – Trump debidamente parafrasea, poniéndolo en su propia boca, en “Me encanta el olor de las deportaciones por la mañana”. Con un añadido muy siniestro: “Pronto los habitantes de Chicago entenderán por qué el Departamento de Defensa ha sido rebautizado por mí como Departamento de la Guerra”.
Hoy este hombre que se reconoce en un criminal de guerra y que, al despertar ama oler el aire para sentir el olor de las deportaciones y del napalm, va con creciente entusiasmo reclamando cosas para sí mismo y para América que, a su imagen y semejanza, quiere hacer volver grande. Y que, en efecto, a su imagen y semejanza, nunca ha sido tan pequeña, lo hace con la petulancia del niño mimado – el Nobel de la Paz es mío – y con la prepotencia de un muy grosero amo del vapor. Ayer Venezuela, transformada en un protectorado petrolero a la vieja usanza, hoy Groenlandia, mañana quién sabe. Mientras en su casa, su policía secreta asesina a inocentes y escupe sobre sus cadáveres.
Un hombre sin valores
Thomas Friedman, columnista histórico del New York Times,, esto escribió ayer en un editorial, comentando la actuación de Trump en Davos,: “Siempre he pensado que Trump actúa inspirado por un sistema de valores completamente distorsionado, y que no tiene ninguna base en las ideas sobre las cuales se basa América. Trump, simplemente, favorece a cualquier líder que sea fuerte, no importa lo que haga con esa fuerza; cualquier líder que sea rico y pueda enriquecer a Trump, no importa lo que el líder haga con ese dinero o cómo los haya obtenido; y cualquier líder que lo halague, no importa cuán descaradamente falsa sea esta adulación…. For all those reasons, Trump is the most un-American president in our history”. Por estas razones, continúa Friedman, Trump es el presidente más an-americano de nuestra historia…
El “sistema de valores” de Donald Trump consiste, en realidad, en no tener, más allá de sí mismo, ningún valor. Es en torno a esta ausencia (y en virtud de esta ausencia) que hoy se unen alrededor de Trump, unidos solo por el culto del “gran líder”, fuerzas que van desde el viejo fanatismo religioso, al más tradicional racismo de la supremacía blanca, a la xenofobia, a las ambiciones “libertarias” de un capitalismo “avanzado” que considera obsoleta toda forma de democracia. Todas las fuerzas que – desde siempre, como contrapunto a la igualdad proclamada en la Declaración de Independencia – son parte de la Historia de América.
Como el Hitler del “Gran dictador” de Charlie Chaplin, este hombre sin valores, este vacío llenado por fuerzas contrarias a la democracia, está hoy, rodeado de cortesanos y ante los ojos de todos, jugando globo terráqueo come fuera una pelota inchada. El problema es: ¿cómo detenerlo?





