Lula-Alkmin: a volte ritornano….

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¿A los doce años del primer duelo entre Lula y Alckmin por la disputa de la presidencia de la República el juego podría repetirse? Lula es candidato eterno, y no sabemos si la justicia se atreverá a impedirle serlo de nuevo. Alckmin, por su parte, acaba de ser aclamado como nuevo presidente por el PSDB, tras la retirada de sus potenciales contrincantes. ¿Crecerá hasta llegar a la segunda vuelta? Justo cuando se habla de renovar la vieja política y de buscar algo diferente, de nuevo resucitan las figuras del pasado.

Lula y Alckmin, si volvieran a enfrentarse, no pueden ser más diferentes. Son fuego y hielo. De ser figuras literarias, Lula sería la hipérbole, porque es superlativo, un “caliente que quema”. Alckmin, al revés, se podría identificar más con el oxímoron, por la paradoja, es un “manso agresivo”. Desde su primer duelo en 2006, ambos han crecido en experiencia. Alckmin perdió contra Lula, pero después ganó cuatro veces seguidas en São Paulo, el mayor y más rico Estado del país, equivalente a toda España y con el 30% del PIB nacional. Ambos usaron la estrategia del poste para perpetuarse. Los dos ganaron, Lula con Dilma en la presidencia y Alckmin con João Doria batió a Fernando Haddad, el poste de Lula en la alcaldía de São Paulo.

Por la singularidad hiperbólica de Lula, el desparramado, se sabe todo y más. De Alckmin, como oxímoron, se conoce menos, es más bien una esponja que lo absorbe todo. Va más para esfinge. A la vista, sin embargo, de los resultados concretos que acaba consiguiendo Alckmin, casi a la chita callando, driblando obstáculos y saliendo a flote de mareas e incendios, un político que cuando parece gastado vuelve a levantar la cabeza, hay quien empieza a temer que sea esa “luz oscura” de los gnósticos que decía Borges o el “sol negro” de los alquimistas. Y que por tanto aún podría dar sorpresas. Ha conseguido ya hacerse dueño, por unanimidad, de su partido rajado y nadie duda de su candidatura a las presidenciales.

Lula, si la justicia le dejara disputar las elecciones, no es, sin embargo, el que derrotó a Alckmin hace 12 años, bajo el lema de que la “esperanza venció al miedo”. Hoy el expresidente aparece más bien atrapado por el miedo. Solo así se explicarían algunas afirmaciones suyas de los últimos días, que no dejan de sorprender, como cuando afirma que la corrupción en Brasil es “una enfermedad inventada”, que el juez Moro pertenece al mundo “del mal” o que los problemas que aquejan a Río se deben a que la Lava Jato ha encarcelado a sus políticos elegidos en las urnas. Para Lula, el problema de la seguridad y de la criminalidad que está dando tantos votos a Bolsonaro sería fruto de la pobreza. Son los pobres que, al no poder comprar el celular que ven en las manos de los jóvenes ricos, asaltan para conseguirlo. Como si los ricos no pudieran ser criminales y ladrones o los pobres no pudieran ser honrados.

El Lula de hoy, el que aplastó a Alckmin en 2006, no es el que, en el pasado, sembró de esperanza a Brasil contagiando de entusiasmo a otros países. El gobernador de São Paulo, la esfinge del PSDB, sigue siendo el mismo, sin brillo, pero atravesando indemne todos los fuegos. ¿Recuerdan la crisis hídrica que sacudió a São Paulo y que amenazó con hacer naufragar su candidatura? A pesar de eso ganó las elecciones. ¿Y la gran protesta de 2013 que arrancó en São Paulo y que acabó incendiando al país e hizo caer a Dilma? ¿Las críticas a la dureza con la que su policía enfrentó a los manifestantes? Y siguió eligiéndose. ¿Y las huelgas de profesores y de alumnos, y la violencia del crimen organizado que ensagrentaba a la mayor ciudad de América Latina? ¿Y las delaciones de la Odebrecht que le implican en casos de corrupción? Todo le resbala.

Quizás esa falta de carisma de Alckmin, un extraño opaco, hijo de Pindamonhangaba, una ciudad que nos cuesta pronunciar, le venga de su profesión de médico anestesista, una especialidad de la medicina que le permitiría, cuando le sirve, adormecer a sus competidores. Hasta el origen de su apellido está rodeado de discreto misterio. Podría estar relacionado con la magia de la alquimia, un derivado de la palabra aramea químico o bien del árabe alkimya.

En mis visitas a São Paulo en tiempos de elecciones solía preguntar a la gente de la calle qué veían en el “insulso” gobernador para seguir votándole a pesar de las crisis que pesaban sobre sus espaldas. La respuesta era siempre la misma: “Parece un hombre serio, trabajador, que no pierde la calma”. Menos dulce fue la definición que de Alckmin dio una vez el exgobernador de Rio Grande do Sul Tarso Genro, figura destacada del PT, que preguntado sobre la personalidad del gobernador de São Paulo respondió que es un “manso adiestrado para ser agresivo” y que pertenece a una cierta “aristocracia paulistana indiferente a Brasil”.

En el acto de aclamación como nuevo presidente del partido, el oxímoron Alkcmin se dejó en la cartera su condición de manso paulistano para sacar sus garras. Refiriéndose al PT y a su líder, Lula, después de afirmar que serán derrotados en las urnas, el gobernador señaló: “Vean la audacia de esa turma que ha quebrado al país y quiere volver al poder”. Según Alkcmin, esta vez irónico, “Lula quiere volver al lugar del crimen”. Y añadió: “La isla de la fantasía petista nunca fue la tierra prometida. La isla petista acabó en pesadilla, esta es la hora de mirar hacia delante”. No le bastará, sin embargo, a Alckmin ganar esa batalla, necesitará de la ayuda de los otros grandes partidos. ¿La tendrá?

Si el destino llevara a enfrentarse de nuevo a Lula y Alckmin, sería un final interesante, pero de la vieja y eterna política brasileña, señal de que no habría aún espacio para la creatividad. En Brasil, lo nuevo parece amanecer siempre en el pasado. A no ser que las elecciones de la Lava Jato, con todas sus incógnitas aún abiertas, desmientan las profecías del pesimismo y vuelvan a traer las golondrinas que anuncien una nueva primavera. Por ahora aquella primavera del pasado, la de los sueños de construir un país moderno, justo y del futuro, un Brasil de todos, unido y feliz, parece perdida en el olvido.

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