San Cristóbal, città ribelle

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San Cristóbal una ciudad rebelde

Por: SALUD HERNÁNDEZ-MORA |

7:29 p.m. | 05 de Marzo del 2014

 

En la capital del estado del Táchira hay un estallido social engendrado por escasez e inseguridad.

San Cristóbal (Táchira). Cuando la Policía se acerca a reprimir a los jóvenes que custodian una barricada, una mujer madura sale de su casa con una botella de vinagre. “¿Quién no tiene?”, pregunta, y empapa los pañuelos que le tienden. El condimento los protege de los gases lacrimógenos. “Cuídense y mucho cuidado con los perdigones”, les dice a los muchachos y luego dirige una mirada despectiva hacia la Guardia Nacional, que divisa tras una cortina de humo. “No son solo estudiantes, somos todo el pueblo. Tenemos que resistir entre todos, es un paso para la liberación. Son ya quince años en esta tortura”, me comenta el ama de casa, que prefiere no dar el nombre.

“Sabemos que con barricadas no se tumba un gobierno, pero queremos una reacción”, afirma otra señora sexagenaria, que sigue la inminente batalla campal desde la puerta de su hogar. “Estamos cansados de la inseguridad, cansados de hacer colas, de que el sistema te diga que ya compraste papel higiénico y no tienes derecho a más, de prender la televisión y ver a toda hora alguien vendiéndote socialismo”.

Lo que se aprecia en San Cristóbal, capital del estado fronterizo del Táchira, no es una lucha política. Ni siquiera un levantamiento estudiantil radical. Es un estallido social, una sublevación popular, donde participan por igual hijos, padres y abuelos. Lo engendró lo que el alcalde Daniel Ceballos bautiza como la Trilogía del Mal: la escasez, las colas y la agobiante inseguridad.

Fue un intento de violación de una estudiante de la Universidad de los Andes por un grupo de malandros, como llaman a los delincuentes, la gota que rebasó la copa y provocó que sus compañeros se lanzaran a las calles a manifestar su inconformidad. Los duros enfrentamientos con la Guardia Nacional terminaron con varios detenidos y con la orden de Nicolás Maduro de militarizar el Estado. No solo envió soldados, también aviones Sukhoi que sobrevolaron San Cristóbal en un vano intento por amedrentar a una población que es bastión de la oposición. En las elecciones pasadas, Henrique Capriles superó a su rival en el Táchira por una diferencia de veinte puntos –63 por ciento contra 27–, y en la capital, esa distancia se dobló.

Los ánimos se exacerbaron aún más tras la muerte de Jimmy Vargas, de 34 años, hace diez días. Cayó de una azotea al intentar escapar de los perdigones que disparaba la Guardia Nacional. Su madre, Carmen González, le dice a este diario que ni siquiera la muerte del mayor de sus dos hijos la doblegará. “Sigo apoyando las protestas con este dolor que llevo dentro. Mi hijo me decía que tenían que dejarlos protestar pacíficamente y yo iba dos y tres veces al día a tocar cacerolazos”, indica con los ojos enrojecidos. “Le pido al Presidente que no dé la orden de salir a matar muchachos”.

Sitiados

Desde que iniciaron las revueltas, la ciudad se encuentra paralizada, sin transporte público, asediada por decenas de barricadas que levantan los vecinos en calles principales y en los barrios. Las hacen con lo que tienen a mano: muebles viejos, electrodomésticos desechados, basura, maderas, hierros retorcidos.

A fin de permitir que los ciudadanos puedan movilizarse unas horas, abren un espacio en algunas desde temprano. Pero a partir de las dos de la tarde, las cierran a cal y canto y se instalan junto a ellas, a veces familias enteras, para protegerlas.

Ya tarde en la noche, quedan solo los jóvenes y es cuando se producen los enfrentamientos más enconados con la Guardia Nacional y aparecen ‘los Tupamaros’, pequeños grupos de motorizados armados, afectos al chavismo, que actúan de manera violenta. Para confrontarlos, muchachos de las barricadas ya cuentan con un arsenal de cocteles molotov y hay unos que guardan armas en sus casas por si la violencia escala.

Al ahogar la actividad cotidiana, una parte de los manifestantes, conscientes de la dificultad de derribar el chavismo, se conforman con llamar la atención de la comunidad internacional y forzar al Gobierno a dialogar con ellos para que cambien el rumbo de un gobierno que los excluye. “Maduro cree que los únicos venezolanos son los chavistas, nosotros no contamos”, dice una vecina del este de la ciudad, el área más antichavista. Pero otros manifestantes, en especial los jóvenes, tienen como único norte la salida de Maduro de Miraflores.

“Llevo veintitrés días sin ir a mi casa y no me moveré de aquí”, asegura una alumna de Derecho, de la Universidad Católica, que pasa las 24 horas en una rotonda de la avenida Carabobo. En ese lugar había un monumento compuesto por un tanque y un soldado del Ejército. Medio centenar de estudiantes los arrancaron de su pedestal para armar una barricada en una vía adyacente. “Mis papás me piden que no me exponga, pero no me muevo de aquí, no nos vamos a dar por vencidos, vamos a seguir en la lucha por una Venezuela que sea libre”, afirma.

Táchira es un estado que se siente orgulloso del espíritu combativo que distingue a sus hijos. En el país los conocen como los gochos, un gentilicio mítico, sinónimo de valentía y determinación. Cuando les preguntas sobre su región, enseguida te cuentan que han parido más de diez presidentes –Pérez Jiménez y Carlos Andrés Pérez, entre los más conocidos–, que a lo largo de la Historia demostraron su carácter aguerrido, y que sus raíces se entremezclan con las colombianas.

“En Táchira hay entre medio millón y seiscientos mil colombianos, son casi la mitad de la población”, indica Martha Acevedo, abogada que trabajó dieciséis años en el consulado de Colombia en San Cristóbal. “En el campo, el setenta por ciento de la mano de obra es colombiana”.

Frontera

Ser estado fronterizo es un elemento esencial en el ADN económico de la región. Desde siempre han convivido el contrabando y el comercio legal. Tachirenses y nortesantandereanos han comprado y vendido a un lado u otro de la línea divisoria en función del poderío de cada moneda. Pero con el chavismo, la balanza se desequilibró por completo. Las sucesivas devaluaciones del bolívar, la política de subsidios y la rampante corrupción de funcionarios estatales y de la Guardia Nacional, disparó el contrabando. Es tal la diferencia cambiaria y de precio de algunos productos, que miles de tachirenses, de origen colombiano o venezolano, solo viven de ellos, la gasolina en especial. Compran un litro a un bolívar y en Colombia obtienen unos mil pesos (1 peso = 40 bolívares), un beneficio astronómico.

Para Nicolás Maduro y los chavistas no es su política económica sino Álvaro Uribe, apoyado en el paramilitarismo, uno de los principales culpables de que San Cristóbal sufra con mayor virulencia la escasez, la inseguridad y la ola de protestas.

“Uribe tiene mucha participación en lo que está pasando, es el operador político en esta parte de Latinoamérica”, señala Richard Amaya, secretario Político de UPV (Unidad Popular Venezolana) en Táchira. “Pero la oposición no logrará nada, va a pasar como el paro petrolero, se va a diluir la protesta”.

“La influencia de Uribe es muy importante”, corrobora Zoraida Parra, diputada de cuatro legislaturas. Está instalada con carácter permanente en la Asamblea Legislativa del Táchira, situada en el centro de la urbe y fortín del chavismo. Mientras la alcaldía es opositora, la gobernación es bolivariana. “Hay sectores económicos que perdieron privilegios, que acapararon y especularon y al verse convertidos en infractores de la nueva ley que prohíbe sus prácticas, optaron por crear el caos para salir de Maduro. Tienen una agenda de odio y violencia”, aduce.

Varias veces al día, puñados de chavistas, a pie o en moto, se dispersan por la ciudad para desmontar algunas barricadas, aunque saben que las vuelven a poner horas más tarde.

“Donde el Gobierno ve paramilitares, hay mujeres cansadas de hacer colas, madres que no consiguen leche para sus hijos, gente que siente miedo por la inseguridad, jóvenes que no tienen futuro”, señala el alcalde Ceballos. “A mí me acusaron de ser el hijo de Uribe, y me puede meter preso, pueden meter presos a todos los políticos de la oposición de Venezuela, y no van a resolver los problemas porque los están enfocando mal. Mientras el Gobierno no se siente con las personas que están en la protesta, no hay nada que hacer”.

El sábado pasado en la noche, en la avenida Pensilvania, la Guardia Nacional acudió al llamado de unos vecinos chavistas, cansados de permanecer asediados por las barricadas. Amparados por las mujeres, que rodearon a la Policía antimotines y a los guardias, cinco uniformados, armados de palas y con la ayuda de una máquina, llenaron dos volquetas con lo que había en la principal barricada. Frente a ellos, durante las tres horas que duró el operativo, un nutrido grupo de opositores hicieron sonar sus cacerolas en actitud retadora.

Rozando las once de la noche, la calle quedó limpia y cada cual se fue a dormir. Al despuntar el sol, regresé al mismo sitio. Encontré una muralla de alambres y trastos viejos atravesados en la avenida, con el cartel: “No hay paso, playa”. En el asfalto, las líneas pintadas de un parqueadero con su espacio para discapacitados. A la vuelta, arena de playa, un sofá, una palma y la leyenda: “Playa Resistencia. Gochos”. “Se trata de resistir. El que se cansa, pierde”, me dijo en tono triunfante un estudiante.

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